
UN cartel rojo con una anuncio de: "Compro relojes, mate el tiempo conmigo" llama la atención en medio del cemento podrido del centro, cuelga de un negocio con menos pinta de negocio que los basares de la población, un señor con cara de dedo gordo está parado en la puerta, su cara asusta, pero sin embargo funciona como un imán en medio de la aglomeración de gente que hipoteca su futuro en las calles; un imán, sí, un imán tenia en los ojos, porque de otra manera no se explicaba la lluvia de relojes flotantes que entraba sin césar al pequeño lugar. (sigue, pero que fome seguir escribiendo)
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