El verano le está dando cara al otoño, no quiere ceder. Me encanta que sea así. No quiero que cedan las frutas exquisitas que regala el sol, aunque ya se fueron muchas, aún quedan retazos de algunas, como las frutillas, los arándanos, uno que otro melón. Aunque no puedo ser tan injusta, las frutas del otoño-invierno también son una delicia jiji. Y es que en realidad más que las frutas, es al sol al que no quiero dejar ir. A sus caricias en todo momento, porque no es que se vaya, si lo sé, sé que está ahí, pero de más lejitos, prefiriendo a otros pueblos, antes que a nosotros. Es como un poquito de envidia, envida lumínica. Me gusta el invierno, soy una hija de ese frío, de echo, todas mis constelaciones concertaron mi llegada a este planeta en un período de frío álgido, y me fascina que sea así. Pero, va más allá de todo ello, siento que por fin me amisté con el astro que arde. El sol se enraizó en mi vida y en esta etapa me duele que se vaya. Es tremendamente triste sentir que se está apagando de a poquito. No me quiero desprender, de él si que no. Sol, quédate po.

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