lunes, 12 de diciembre de 2016

Inconclusa

Yo haría un manifiesto de mi alma encrucijada viviendo en la ciudad.
Y es que a veces tengo de esa pena que inunda, que se desborda, que regurgita en silencio.
Son los rostros, las enfermedades, la vida moderna.
Es ver a nuestras familias, esas que brillaron en algún otoño pasado
Verlas y desgarrarme.
Antes vivíamos los seis en dos piezas, jugábamos, cantábamos, imaginábamos y nos queríamos caleta, caleta.
Fuimos profundamente felices, tanto, que la luz nos alcanzó para llevárnosla para cada rincón.
Ahora, cada uno tiene su tele, cada uno tiene su computador, cada uno tiene su teléfono inteligente y cada uno tiene una profunda pena en el alma.
Los (nos) veo enfermos, los siento taciturnos, obnubilados, sin poder externalizar sus males.
Siento que eso en lo que creemos, se  inundada todos los días por las creaciones modernas, por la materialidad, por las ropas con sus marcas profusamente pomposas.
Y quizás, antes hablaría de la explotación, del capitalismo, del estado. Claro, están allí, son perfectas formas de sostener toda esta realidad podrida. Pero hoy prefiero sentir desde otra trinchera.
No quiero culpar a nadie y menos sentir tal cosa en mi interior.
Somos nosotros mismos quienes elegimos una y otra vez esta forma.
Nosotros quienes decidimos soñar así ....

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