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domingo, 23 de noviembre de 2014

Tormenta azul

Después de almorzar, me encanta tomarme una aguita, más si es de apio u orégano. Dan ganas, porque todo se saca del patio. Y es que, es bonito ver crecer lo que uno planta, hacerse amiga de la tierra que las sostiene, cantarles cuando las ves tristes, entregarles amor sincero, ese que a veces se me olvida tener. La vida por estas territorialidades ha estado fresquita, liviana, luminosa (como la mano cósmica y la maga rítmica que me acompañan desde latitudes diferentes), es como un regalo, pero que nació desde el centro de mi corazón, desde mi hacia mi. Ahora hay viento y la amanda alega por su puesto en el sillón. Luego de todo el peso, estamos felices, juntos, en círculo, sanando constantemente. Incoherentes.