Pasé de no querer a ningún gato, a tener dos que vibran y pucha que me gustan sus ronroneos. Aprendí a dormir con uno, con el otro esas cosas son innatas. Cuando estoy descubriendo el patio, el más pequeño es arisco, el otro en cambio me sigue la huella. Uno está bien enfermo y le pego su tristeza-enfermedad al otro. Lo triste, es que yo ya no sé como curar, a ninguno de los dos.
