martes, 1 de abril de 2014

B r i l l a n t e y e x p l o s i v o

Cuando el otoño irrumpe en mi vida con remolinos en sepia y la granada de un patio bonito florece -justo cuando sus amigos entran en decadencia-, la mamá del lauta siempre me regala el fruto predilecto. Es casi como un ritual. Y yo, aprieto fuerte, casi como recitando un mantra. Se vuelve mágico y literario, porque es precisamente la época en la que más  ganas dan de nadar en las tinas ajenas y perderse en los desagües, nadar hacia la obscuridad del mundo oceánico y explotar, sin que nadie más que las algas se entere. 

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