Muchos puñados de fotos antiguas, que ni siquiera las limpiezas más minimalistas se han osado a pulverizar. Fotos que explotan como recuerdos de quién fui, y como presente de quien ya no soy, porque también eso es bonito, el desarmar las ideas estáticas de así soy, yo soy, y todo aquello, que se agranda muchas veces y que hace que me pierda más que acercarme. Entonces, las imágenes se van por ahí, y se vuelven vestigios inertes y adictivos de otras épocas, en las que yo devenía otra, en las que me atrevía a existir de otra forma distinta a la de hoy. Y aquí estoy, entre las paradojas del presente, de las comparaciones, de ser una, ninguna, y miles. Rompiendo mandatos que se adosaron a mi por mis propias decisiones, despidiéndome de gente que ni conocí, pero que en realidad he sentido más que a cualquiera a quien haya mirado a los ojos. Chao María, no tengo fotos, o algo que me hable de ti, y aún así, tengo la profunda certeza de reconocerte entre las montañas que se aparecen cuando cierro los ojos, de mirarte cercana en los viajes energéticos que movilizo, en mis sueños que me susurran que me atreva, que ya no es necesario cargar con nada que no me corresponda. Gracias María, porque a través de ti he podido reconocer tanto de mi, de eso que realmente no era yo, y que se difumina con fuerza cada vez que le pongo luz, enfoque. Te amo María, porque claro que sí, que en mi camino y mis decisiones se cimentó tu valentía, esa que ni siquiera sé si es cierta, pero de nuevo, intuyo. Lo siento María, por tanta suposición de quien fuiste, de por qué hiciste lo que hiciste, por el rencor, por el despojo y la culpa que la sociedad y tu familia te envió. Te abrazo María, te abrazo fuerte, te abrazo con caleta de lágrimas, te abrazo y te susurro que eres parte de nuestro linaje, que hay seres en esta vida que decidimos integrarte, honrarte, y en todos esos actos, también soltarte.
No hay comentarios:
Publicar un comentario